2.1.17

GOYESCAS

A veces es mejor callar. Calla ante una cuestión que no tiene relevancia para no funcionar como altavoz. Pero en el caso que quiero tratar aquí lo relevante no es el hecho en sí. Lo importante, sobre lo que merece la pena reflexionar, es precisamente sobre la reacción ante un hecho inofensivo. Sobre por qué hablan, hablamos, de cuestiones que deberían quedarse en el terreno de lo privado y no pasar a la plaza pública en la que, enseguida, se enjuicia y lapida a las personas por actuaciones que no han ocasionado ningún daño a nadie. La libertad de expresión, obviamente, ampara a cualquier medio, persona, para opinar sobre cualquier cuestión… pero con unos límites. Nuestro derecho a la privacidad, por ejemplo. En ese sentido, la declaración de los derechos humanos señala: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia (…) Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.”

No entiendo por qué los medios de comunicación estos días han estado noticiando que una tienda de segunda mano de nuestra ciudad ha puesto en venta un trofeo de los Premios Goya dando el nombre del propietario de dicho trofeo. ¿Si yo vendo un reloj de oro de mi abuela es legítimo que los medios hagan noticia de ello? Ese trofeo lo podría haber puesto a la venta yo mismo. O un coleccionista. Alguien se lo podría haber comprado a su propietario hace años y, ahora, haberlo puesto en venta. Pero claro, en ese caso no hubiera habido noticia. Noticia es que un director de cine, o un guionista vendan el trofeo de los Goya.

Una persona vende algo de su propiedad en el seno de una sociedad mercantilista y se desata una polémica en la que muchos arremeten contra su dueño. El comercio acaba retirando finalmente dicho trofeo de su escaparate, vista la tormenta desatada en redes sociales, diarios, televisiones y periódicos. Con lo cual se ha ocasionado un perjuicio económico hacia dicha persona. Por no hablar del moral.

Una vez más, en este país, uno recibe honores por el trabajo realizado, por la excelencia de éste, por destacar en algún campo y, al poco, los propios que te suben en un pedestal se encargan de tirarte de él.

De la misma manera que cualquier ciudadano puede vender su colección de libros, su casa, obras de arte, cualquiera también es libre de vender un trofeo. Pues es su dueño. En este país las empresas se lucran con la venta de pisos expropiados, los bancos venden hasta a su madre si es preciso… y algunos se escandalizan porque alguien ha puesto a vender un Goya, como si una figura de bronce fuera intocable, invendible. La hipocresía tiene más esquinas que un saco de leña.


La estatua de los Premios Goya es un plagio de un busto realizado por el escultor valenciano Mariano Benlliure realizado a principios del siglo XX. La Fundación Mariano Benlliure denunció en su día este hecho. De eso deberían de hablar los medios pues plagiar una obra sí que es delito.