22.4.17

POLUCIÓN

Como siempre por estas fechas, después de las vacaciones de Semana Santa de marras, nuestras instituciones se frotan las manos mientras hacen feliz balance del impacto económico generado por el turismo. En nuestro caso, en el ámbito vasco -ya que el turismo de sol y playa primaveral nos queda lejano por habitar en estas tierras destempladas- el cálculo de rigor versa sobre la huella monetaria generada por el turismo cultural. Nos hablan de la creación, o el mantenimiento de empleo, que genera el turismo, de las pernoctaciones hoteleras de los que nos visitan, de sus almorzadas en los restaurantes, haciendo cómputo de hasta el número de pinchos de tortilla de patata recalentada que degluten. La cuestión es “hacer caja”. Se habla, siempre, de la riqueza económica generada por el turismo. Y punto final del balance. Porque, ¿acaso hay algo más de lo que hablar? ¿Se olvida alguien de algo? Como escribía Quevedo: “Poderoso caballero es don Dinero. Madre, yo al oro me humillo; él es mi amante y mi amado.”

Sería fundamental hablar de cuál es el impacto cultural, social, incluso económico a largo plazo, que genera el turismo. Quizá deberíamos comenzar la reflexión recordando una realidad: España es el país más visitado del mundo en proporción a su población: recibe setenta y cinco millones de turistas al año. El tercero del mundo –Francia acoge ochenta millones y EEUU, setenta- sin tener este dato en consideración. El gasto medio de cada turista a su paso por nuestro país es de mil euros. Hablamos, entonces, de que el turismo nos genera unos ingresos de 75.000 millones de euros. Esa es la realidad. Que nos lleva a lanzar la pregunta del millón, valga la redundancia. Ésta es: si el turismo es tan estupendo para nuestra economía y somos los “number one” del universo turístico, ¿por qué la economía de nuestro país no está a la cabeza del mundo? La media de la tasa del paro en la zona euro no llega al 10% y en España ésta se duplica. Por arrojar un dato.

Podríamos concluir sin temor a equivocarnos que muchos de los males que aquejan a nuestro país como puedan ser la especulación urbanística, malversación de fondos, generación de empleo temporal… provienen de un país cuya piedra angular de la economía proviene del turismo. Que no deja de ser herencia del franquismo.

En Barcelona, en Ibiza y en otros lugares asolados por el turismo los ciudadanos ya empiezan a sublevarse hartos de que su futuro sea servir mesas a los uniformados de chanclas y bermudas, obligados a vivir en las periferias pues los centros históricos han sido ocupados por hordas de turistas. Centros en los que experiencias como tomarte un café o alquilar una casa sólo pueden ser vividas por turistas procedentes de la zona rica del euro. “Polución turística”, le llaman al fenómeno. La sangre no ha llegado al río aún, pues no tenemos noticia de que se haya quemado ningún chiringuito, pero, y ya en serio, es tiempo de pensar qué tipo de economía queremos potenciar.