13.5.18

MURALES


Nuestra ciudad ha apostado por llenar – o rellenar- nuestras calles de murales. Ya hemos hablado de este asunto en más de una ocasión. Pero en resumen, nos encontramos con trabajos de escasa calidad cultural, artística. Más orientados a adornar paredes degradas de nuestro entorno urbano. O pensados para ofertar un itinerario amable y digerible a los turistas que nos visitan. Siempre teñidos de pensamientos políticamente correctos. Es decir, como la preocupación de quienes subvencionan este tipo de trabajos no es únicamente cultural, se busca que las intervenciones, al menos, sirvan para algo. Cuestión ésta muy preocupante. No se apuesta directamente por el arte. Sólo si es útil. Sólo si tiene un componente extra cultural. Y así estos trabajos se presentan como murales tramposamente colaborativos, participativos. Como si la participación, per se, fuera un elemento siempre positivo. Es obvio que en algunos ámbitos no: se puede perpetrar, por ejemplo, un crimen, un asesinato en colectivo. Como cuando una turba lincha a alguien físicamente o haciendo uso ahora de las redes sociales. Algo similar sucede en el ámbito cultural: ¿podemos criticar, por ejemplo, una obra como “El Quijote” alegando que no se realizó colectivamente? Sería absurdo. Algo similar está sucediendo en nuestra ciudad. Y así vemos como los murales con más calidad nos los encontramos ahora mismo en Errekaleor: dos potentes murales del italiano Blu nos hacen vibrar cuando visitamos este barrio. Realizados sin ningún tipo de apoyo institucional. Y en solitario. También el artista valenciano Escif ha pergeñado un mural en uno de los edificios del barrio. Arte con firma, individual, y curiosamente y precisamente por ello, con más carga crítica, reflexiva, que los que emperifollan ahora mismo nuestra ciudad.

¿Pero realmente es individual el trabajo de estos dos artistas? ¿Por qué han elegido este contexto? ¿Acaso no han residido en Errekaleor varias semanas conviviendo con los vecinos de este barrio ocupado? ¿No han servido de altavoz de su sentir y su pensar? Precisamente todo artista que se precie es aquel que enfoca su obra a reflejar el latir de nuestra sociedad. El buen arte, por lo tanto, siempre es social. En el arte colectivo mal entendido, en cambio, las responsabilidades se diluyen. El “asesinato” no es cometido por una mano en concreto. De la misma manera que en un fusilamiento militar, sólo uno de los soldados dispara con fuego real y el resto con balas de fogueo, en una obra erróneamente participada sucede algo similar: hay que poner a un artista al frente del grupo de voluntarios. Es decir: uno crea y el resto rellenan. Y después el artista dirá que “el disparo del crimen” no ha sido el suyo. “Entre todas la mataron y ella sola se murió”, dice el dicho.

Es mucho más “útil” buscar una manera participada de gestionar la cultura, en la que los agentes culturales locales tengan cabida y no llevar la participación al terreno técnico de la propia creación.